jueves, 20 de octubre de 2011

Antropólogos, ¿para qué?

¡Ay! -dijo el ratón-. El mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que le tenía miedo. Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros, a diestra y siniestra, en la distancia. Pero esas paredes se estrechan tan rápido que me encuentro en el último cuarto y ahí en el rincón está la trampa sobre la cual debo pasar.

-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo -dijo el gato... y se lo comió (Franz Kafka)


En esta reflexión me distancio algo de los temas referentes a la salud, y me enfoco en la parte de la antropología. Esta reflexión es un replantea para mí la función y la utilidad de la antropología como teoría, práctica y forma de vida. Me nutro especialmente de las discusiones tenidas en este curso, así como de varias acaecidas durante el Coloquio de Antropología y Sociología la semana pasada. Finalmente, no alcanzo ninguna conclusión.


La antropología, como me ha sido presentada es la consideración del otro como igual, pero en situación de necesidad. Este otro es, casi siempre, el indígena. En el recién pasado Coloquio de Antropología y Sociología, que organizamos con algunos compañeros, tuvimos la oportunidad de conocer los trabajos y opiniones de otros estudiantes. Lo más valioso que me quedó a mí de esta experiencia, o lo que más me ha hecho reflexionar, fue un comentario según el cual en la UVG nos enfocábamos mucho en los indígenas. Me permito complementar: mucho en los indígenas, y no necesariamente en quien lo necesita. Esta se aúna con una opinión de Ricardo Falla, quien afirma que el lugar de los jóvenes está con los pobres. En mi formación, sin embargo, parecería que antropología es sinónimo de indigenismo, y el indígena necesita en todo punto ser ayudado (a esto le llaman antropología aplicada). Esta ayuda, por supuesto, no nos corresponde a nosotros concebirla, sino más bien, ejecutarla, adecuarla al contexto local e implementarla. Por esto, el antropólogo debe actuar como “experto local”: persona con suficiente conocimiento de tanto la situación social local, como de los procesos globales que exportan presupuestos humanitarios politizados. Esto es la antropología cultural, heredera directa de prácticas colonialistas que sufrimos y seguimos reproduciendo para beneficio de “otros”, a quienes, sobra decirlo, nunca podremos estudiar ni “ayudar”, pues ocupan un nivel superior en la escala socio-económica global.

Ser antropólogo, en el sentido en que me ha sido enseñado, significa ayudar al otro. Mejor dicho, entender al otro para poder ayudarlo de manera que pueda “llevar una vida que tenga razones para valorar”. Estas ayudas generalmente son minúsculas y están enfocados a grupos específicos de población (femenina, indígena, rural) quienes, al parecer, necesitan de algún “intérprete cultural” para darse a entender ante un público global. Pareciera que esta es la función de los antropólogos aplicados hoy en día: traducir, pues al parecer el hablar un mismo idioma no basta para que dos grupos puedan entenderse. Siempre he pensado que los antropólogos aplicados trabajan para lograr que un día ya no haya más antropólogos aplicados, pero parece que no es así. Un mundo sin antropólogos aplicados sería uno en que las propias comunidades (sean quienes sean) puedan gestionar sus propios procesos para negociar soluciones a las problemáticas que involucran a otras comunidades. Sin embargo, lejos de alentar estos procesos, muchos antropólogos siguen aduciendo motivos “culturales” por los cuales esta comunicación o negociación no será posible.

Imágen 1. muestra presencia

de imágen "indígena" en publicidad

del IICAS.

Parecería que la antropología adolece, pese a los muchos esfuerzos, de practicidad. Es una disciplina que ha desarrollado ampliamente su postura crítica, pero que en este mundo tiene poca cabida en los procesos mayores que nos afectan a las grandes masas que hemos llegado a ser. La antropología no tiene mayor injerencia fuera de los reducidos círculos en que se desarrollan interesantes pero estériles discusiones sobre el ser humano. No se trata de adoptar una postura pragmática y condenar todo lo que no produce resultado inmediatos (en lo personal prefiera la antropología “académica” a la “aplicada”), sino de aceptar que la antropología se ha dispersado tanto y ha sido tan poco rigurosa, que no ha sido capaz de producir un cuerpo de conocimientos sobre el ser humano que se pueda, por ejemplo, enseñar en las escuelas. No existe un cuerpo de teoría antropológica; esta disciplina ha contribuido muy poco a mejorar el entendimiento que tenemos de nosotros mismos, ya sea porque se ha hecho las preguntas equivocadas, o porque los resultados realmente importantes no se han dado a conocer. Ocurre también que cuando hay esfuerzos por aterrizar la teoría, ocurre varias veces que se tiende a generalizar, inhibiendo esto el surgimiento de este cuerpo teórico. Así lo menciona Apolinario Chilé al mencionar que: “Muchas veces, en las ocasiones que he tenido oportunidad de leer documentos que tratan sobre diferentes temáticas de nuestra cultura, me he enterado, con sorpresa, que los estudios o investigaciones arriban a conclusiones absolutas” (Eden y García, 2002: Prólogo).

De cualquier manera, los antropólogos tienden a pensar que su quehacer es de suma relevancia, y a ver de menos a quienes no se preocupan de tomas tan trascendentes como los suyos, ocupándose en planear viviendas, (arquitectos), diseñar ciudades (urbanistas), desarrollar alimentos (ingenieros) o administrar negocios (empresarios). En su pequeña concepción del mundo, muchas veces, estos “tecnócratas” no poseen la realidad, que por alguna razón ellos sí, aunque no sean capaces de externalizar precisamente cuál es ese conocimiento misterioso.

En la cita que presento al inicio de esta reflexión se resume quizá el proceso que me ha llevado a pensar de esta manera, y a hacerme considerar seriamente buscar un oficio más beneficioso. El ratón que corre cree al inicio que el mundo es enorme y no acabará. Sin embargo, las paredes se estrechan, y percibe la trampa que será su final. En mi versión de la historia, logra cambiar el rumbo, habiendo aprendido una valiosa lección; para Kafka, el gato le come. Me parece, entonces, que ahora estoy en un momento en mi vida en que puedo aprovechar lo aprendido hasta el momento, e iniciar un nuevo rumbo, antes que las paredes se cierren completamente sobre mí.

Bibliografía

Eden K y García M (2002). Modelo de la medicina indígena Maya en Guatemala. Guatemala: Asociación de Servicios Comunitarios de Salud. 83p.

3 comentarios:

  1. La fábula de Kafka con la que empieza esta reflexión es una de mis favoritas y siempre me pareció interesante y me ha hecho pensar en cómo a veces por tratar de tomar la mejor decisión o hacerle caso a otras personas que nos aconsejan terminamos tomando la peor de todas. Fue por esto que me interese en leer y ver de qué trataba esta reflexión. El tema es uno de los que todo el tiempo está vigente, es decir sobre la utilidad, tanto personal como social, de la antropología.
    Difiero mucho con la opinión de quien escribió esta reflexión y de Ricardo Falla de que el lugar de los jóvenes, o más bien de los estudiantes o científicos sociales esta con los pobres. Si bien uno como antropólogo no debiera, aunque tampoco está mal, solo enfocarse en los indígenas, tampoco debería hacerlo solo en los pobres pues muchas veces hay otros grupos "sin voz" o con "necesidad" (como dice en la reflexión) que no necesariamente son pobres, verbigracia, los jóvenes y la falta de participación política, mujeres de toda clase social y tenemos aquí el caso de Cristina Sikavizza como el más reciente y difundido, conflictos que se dan entre subculturas del área urbana como entre Punks y Metaleros, solo por mencionar algunos casos que se me ocurren en todas las áreas que mencioné creo que el antropólogo tendría mucho que aportar y que ayudaría a la minimización de los conflictos.
    Algo con lo que estoy totalmente de acuerdo es en esa manera en la que los antropólogos tienden a pensar que solo ellos hacen cosas útiles para la sociedad y ven de menos a los demás por no enfocarse en temas sociales. Si bien es cierto que a veces sería necesario ver el impacto social que muchos proyectos que se llevan a cabo tienen, esto es más responsabilidad de políticas de estado que deberían haber, no podemos descalificar o decir que el trabajo, por ejemplo de ingenieros no sea útil para la comunidad ni generalizar que todos son así de desinteresados y que buscan el lucro a cualquier costo, aunque la mayoría de veces si es así principalmente entre empresarios e ingenieros industriales.
    Creo que también el tomar un rumbo nuevo no seria para mí la mejor solución, podría comerme el gato, tal vez si sería bueno tener otra profesión y ejercerla conjuntamente con la antropología como por ejemplo ser abogado pero teniendo todas las consideraciones de antropología jurídica a la hora de presentar casos y al mismo tiempo de trabajar con y para la gente, hacer estudios sobre las necesidades que hay en mejor el sistema judicial o legislativo a manera de hacerlo más incluyente y acorde a las diferentes culturas del país, dígase Maya, Xinca, Garífuna y pues las visiones mas occidentales que están representadas por los mestizos.

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  2. La reflexión de Diego apunta a buscar la utilidad de la antropología para la sociedad. Se centra en hablar de las tendencias de ciertos antropólogos de enfocarse en los indígenas, así como el énfasis en los aspectos en lugar de los portadores de la cultura, es decir, la población en sí. Además, para contraponer su situación de incertidumbre en cuanto a la utilidad de la antropología, habla de otras profesiones que tienen resultados más concretos, tales como la arquitectura e ingeniería, las cuales irónicamente han sido criticadas por los antropólogos. También se habla de la teoría antropológica y como no ha logrado crear una base conocimiento concreta ya sea por sus tendencias, roces internos o bien, se ha enfocado en los aspectos erróneos. De esta manera, Diego plantea su interrogante sobre si vale la pena desempeñarnos como antropólogos si queremos lograr cambio, ya que los profesionales de esta disciplina parecen relegarse a simples traducciones entre dos culturas encontradas y a encantarse por la sazón y no la carne. En suma, la reflexión aborda numerosos aspectos importantes tales como el sujeto del estudio antropológico, el propósito de las investigaciones antropológicas y la misma utilidad de ejercer la antropología.
    En mi opinión, Diego hace bien en mencionar todas estas debilidades de la disciplina ya que parece ser que en la antropología guatemalteca, existe un idealismo ingenuo en el que se pretende cambiar al mundo y, a la hora de actuar, la labor antropológica se limita a dar una lluvia de interpretaciones culturales que terminan como pie de nota en el último reporte de desarrollo de una ONG. Me atrevo a decir que este no es el caso en otras regiones del mundo ya que los intereses probablemente no son los mismos, es decir, la antropología guatemalteca tiene un componente político muy presente, el cual va ligado a sus tenencias aplicadas; mientras que en otros países, si bien hay esfuerzos aplicados por parte de los antropólogos, existen muchos que se dedican a la academia y sus objetivos se alejan por completo de este llamado del antropólogo guatemalteco de vincularse con la otredad y minorías, por su calidad de excluidos. Me parece igualmente valida su afirmación de que la antropología no ha creado conocimiento “concreto”, sino que en su calidad pre-paradigmática se ha ramificado de manera tan diversa que no existe un cuerpo de teoría antropológica como tal. Esta discusión ya nos llevaría a discusiones propias de epistemología y de la filosofía de la ciencia, por lo que prefiero dejarlo en que concuerdo que en la antropología, el conocimiento se ha visto históricamente reducido a “modas paradigmáticas”, que al ser sustituidas, abordan las mismas problemáticas de ángulos distintos. Al final, considero que el problema de la utilidad de la antropología se vuelve una cuestión de poder. Si bien, muchas de las soluciones que propone son producto de un encanto culturalista, algunas posturas que valdrían la pena que fuesen consideradas no lo son debido a la falta de influencia política de los antropólogos. La antropología debe hacerse de poder para poder entrar a los discursos de verdad dominantes, ya que no podemos olvidar que la verdad social es, en esencia, una combinación de consenso y poder.

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  3. En su reflexión, Diego menciona que –en su caso personal– la antropología se le presentó como la consideración del otro como igual, pero en situación de necesidad. Sin embargo, en la práctica él ha observado que antropología en Guatemala es sinónimo de indigenismo; y que la antropología aplicada es el medio para ayudar al indígena. Además, Diego observa a la antropología como una disciplina que ha desarrollado ampliamente su postura crítica, pero que en este mundo tiene poca cabida en los procesos mayores y no tiene mayor injerencia fuera de los reducidos círculos en que se desarrollan interesantes pero estériles discusiones sobre el ser humano.
    Creo que somos varios –sino todos– los estudiantes que hemos cambiado la idea que teníamos de la antropología cuando empezamos la carrera. Para mí, esto no es un aspecto negativo. Por el contrario, demuestra que hemos sabido reconocer tanto los aspectos positivos como los negativos de la disciplina. Es cierto, en Guatemala se ha tenido la tendencia de estudiar “al indígena” más que a cualquier otro grupo. Sin embargo, yo observo que la tendencia es a la diversificación de temas (incluso en el IIICAS). También es cierto que la antropología, sola, se encierra en sí misma. Es un grupo cerrado de personas con dinámicas sociales específicas: tenemos formas de evaluar el prestigio unos de otros, algunos temas están de moda, etc.
    Para mí, los aspectos de la antropología que no están aportando a la realidad de nuestro país, no significan que todos estaríamos mejor estudiando otra cosa. Más bien, para evitar continuar con la historia de antropología indigenista y no encerrarnos en una red de académicos… las nuevas generaciones estamos invitadas a relacionarnos más con otras disciplinas. Uno de los motivos de esta propuesta, es algo que aprendí en el curso de antropología médica. A mí me han sorprendido los análisis de Cerón acerca de los médicos colegiados de Guatemala. Él ha podido ser crítico con su propia disciplina, desde herramientas antropológicas. ¿Tenemos las herramientas para descubrir las relaciones de poder, también dentro de nuestra disciplina? ¿Cómo funciona la industria de los Journals? ¿Qué vende más y menos, por ejemplo? Creo que, para ser más críticos con nuestro trabajo antropológico, podemos escuchar lo que tienen que aportar otras disciplinas a nuestro trabajo. Escuchándolas, también, tendremos la oportunidad de relacionarnos con profesionales involucrados en proyectos más concretos y evitaremos encerrarnos en nuestros temas y conceptos de moda.
    Ayer le comenté a mi maestro de Q’eqchi’ mis reflexiones acerca de la utilidad de la antropología, y me sorprendí mucho cuando me dijo que para él era necesaria en este país. A veces, encerrados en nuestro círculo de académicos, se nos olvida que somos los únicos discutiendo determinados temas de importancia para nuestro país. En muchos espacios de Guatemala se invierten pocos recursos en temas como la mejora de las relaciones entre las personas, se le presta más atención a muchos análisis cuantitativos que los cualitativos. Entonces, todavía tenemos mucho que aportar a y mucho que aprender de otras disciplinas… no perdamos la fe.

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