Milenarias culturas se han asentado
a lo largo y ancho de nuestro planeta, algunas hoy día persisten a pesar del
hambre voraz que el hombre occidental tiene por destruir todo lo natural o bien
todo rastro de civilización, algunas otras culturas han desaparecido sin razón
aparente. Estas culturas tenían elementos importantes que marcaron su paso por
la tierra y que hoy nos hacen pensar tanto que no sabemos en realidad si todo
era cierto o es un buen cuento que alguien se está inventando.
Hoy por hoy nuestra
multiculturalidad es una virtud que se convierte en elemento negativo para ese
supuesto “desarrollo” que yo no entiendo porque es tan necesario si de la
naturaleza podemos vivir y muy bien. Pero que aferrarnos a todo ese estereotipo
occidental nos lleva a dejar de creer en lo tradicional o bien ponerlo en
segundo plano, porque se asume que lo que los terapeutas tradicionales hacen
simplemente no es “ciencia” y lo pongo entre comillas porque aseverar que lo
que un doctor graduado de alguna universidad es “ciencia” para mí es seguir con
ese legado de rechazo y discriminación. Pero entonces que es importante para
nosotros, para nuestro pasado plagado de tradiciones, para nuestro presente que
se mantiene latente escondido entre nosotros y en algunos sectores más
evidentes que otros, ¿Qué es importante? ¿Qué es lo que en realidad tenemos que
creer?
Yo creo en todo y un poco más en eso
que se llama sabiduría popular y no
lo digo por decir y no lo creo simplemente por creer, hace mucho tiempo he
tenido experiencias que han sido parte de esa tan sagrada sabiduría popular y
las terapias tradicionales que muchos conocen pero que casi nadie practica
porque no es “ciencia”. Con el paso del tiempo y de nuestras vidas en medio de
este entorno multicultural y más aún con este conocimiento que brindan nuestras
carreras no podemos ignorar la importancia y la exactitud con la que algunos
elementos tradicionales sanan males casi de toda clase.
¿Creer o no creer? Ésa es la
cuestión aquí. Pero quienes somos nosotros en realidad para atrevernos a hacer
esta pregunta, nosotros que muchos creemos en un ser supremo denominado Dios
con el que nos comunicamos, platicamos, le preguntamos cosas e incluso exigimos
una respuesta cas inmediata como para que pruebe su existencia y no dudemos de
su presencia. Los pueblos indígenas y sus tradiciones no están para resolver
las dudas del pobre tipo occidental y su falta de fe en lo que ellos hacen. Aquí
y ahora lo importante para ellos es conservar sus costumbres y defender
celosamente todo aquello que intente transgredir su cosmovisión, no somos las
personas para poder definir si lo que ellos hacen o dejan de hacer es cierto o
no, somos parte de esa cultura y tienen tanto trabajo y han trabajado tanto que
hasta nosotros estamos en sus costumbres con el simple hecho de que para el día
en el que nacemos hay un Nahual que trae muchas características y que por lo
menos a título personal las descripciones leídas han sido casi un calco de lo
que soy.
“El
tema central en torno del cual gira la gran parte del discurso sobre la
medicina tradicional en la actualidad es, en Guatemala, el de la afirmación de
una identidad cultural. Cuanto más indispensable se torna la necesidad de
definirla para su contraposición cultural y política al mundo ladino, más se cierran
las posiciones que quieren destacar la diversidad irreductible de la cultura
indígena. Lo que se observa en Guatemala son, por lo tanto, tendencias
contrarias y contrapuestas entre sí: está la población que, con la difusión cada
vez más fuerte de la medicina occidental
por el territorio, se dirige con creciente frecuencia y mayores
expectativas a los médicos convencionales y hace uso de remedios químicos, aun cuando se
haga un uso incorrecto.
Están,
por otro lado, las comadronas que, como
ya mencionamos, tienden en este punto a esfumar las nítidas divisiones entre
terapia tradicional y curas sobre la base de productos químicos. Al mismo
tiempo, parecen muy poco preocupadas en definir exactamente las causas primeras
de la enfermedad conforme al cuadro ofrecido por la tradición, en una tensión
en dirección a la innovación y el aprendizaje. Finalmente, ganan relevancia,
por su toma de posición, las organizaciones indígenas, para las cuales las enfermedades
tradicionales son estratégicamente definidas como “culturales”, y, en cuanto
tales, “intraducibles” en términos de la medicina occidental. Un último hecho
interesante sobre el cual se desea llamar la atención, es que, con el crecimiento
de la conciencia identitaria, no sólo aumenta el énfasis sobre las enfermedades
tradicionales, sino que también se amplía el prestigio y el número de los
curanderos, ahora denominados “guías espirituales” o “sacerdotes maya”.
En
la Guatemala actual se presencia, de hecho, el aumento del número y de la
autoridad de los guías espirituales (en lengua quiché: Ajq’ij),
considerados las más respetables figuras terapéuticas, capaces de curar el mal de
ojo, o susto, etc., esto es, todas aquellas enfermedades que hasta la psiquiatría
de esta zona denomina “enfermedades culturales”, pero que, con notables
imprecisiones, intentacodificar en la nosografía oficial. Añádase, además, que
el aumento de los “guías espirituales” avanza pari passu de la disminución
del número de comadronas y de “compone huesos” –figuras de la medicina tradicional
a quienes se reserva un status inferior en relación a los primeros.
Solamente los guías tradicionales son hoy considerados los verdaderos
guardianes del conocimiento y del saber tradicional –saber expresado también en
la definición de la “cosmovisión maya”.
Esta última es un conjunto de contenidos
en el que se exalta al grado máximo el concepto de equilibrio, ya sea que se
refiera a la relación entre los pueblos indígenas y la naturaleza como a los
elementos constituyentes del hombre y, por lo tanto, a su condición de salud y
enfermedad. Para los movimientos de terapeutas tradicionales el mundo indígena
posee, además, una visión integral de la salud que considera conjuntamente el
componente físico, mental, social y proclama una estrecha relación de la salud
con la vida espiritual. Cuando la relación de la persona consigo misma, la
sociedad y las divinidades está comprometida, la salud se resiente.
http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/148/14815618002.pdf
Jair discute cómo el discurso del “desarrollo” observa como un obstáculo la diversidad cultural, y excluye la sabiduría de los pueblos llamados tradicionales por no ser “científicos”. Además, Jair da crédito a la sabiduría popular gracias a una serie de experiencias que lo han guiado. Para él, creer en la sabiduría popular es análogo a creer en Dios. Asimismo, menciona que los pueblos indígenas deberían de conservar sus costumbres y defenderlas. Es decir, plantea el uso de la medicina como afirmación de la identidad. Así, las comadronas y los aj qijab’ juegan un papel importantísimo.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo con Jair en que, como investigadores sociales, no debemos perder de vista que todas las visiones sobre la salud y la enfermedad son socialmente construidas. Por eso, ninguna es más “cierta” o “verdadera” que otra… todas son formas de entender procesos naturales. Es importantísimo, además, que ayudemos en nuestra vida cotidiana a romper con el mito de que algo es cierto por ser científico (tanto en temas de medicina como en otros). Como personas que nos enfermamos, sin embargo, estamos obligados a utilizar algún tratamiento cuando nos enfermamos… y esto implica valorar la sabiduría que lo explica. Pienso que, por lo general, utilizaremos los recursos que tengamos a nuestro alcance, los que hemos aprendido de nuestros padres. En este sentido, tal vez no se trata tanto de creer o no creer (como sucede con el caso de Dios), sino de valorar algo por considerarlo útil. La diferencia es que, cuando “creemos”, nos estamos posicionando políticamente; mientras que, cuando “valoramos”, estamos apropiándonos del tratamiento y sus efectos. Esto es probablemente lo que sucede con la llamada sabiduría popular.
Asimismo, estoy segura de que en lugares donde hay diversidad cultural y médicos indígenas, muchas personas (indígenas o “ladinas”) se apropian de los tratamientos y los utilizan… es decir, los valoran sin necesariamente tomar una posición política al respecto. Debe haber usuarios de estos servicios que no hacen público el hecho de “creer” en la efectividad del tratamiento… pero lo usan. Así, es necesario señalar dos cosas. Primero, los beneficiarios de la medicina tradicional indígena no necesariamente son indígenas. Segundo, los beneficiarios de medicina tradicional indígena no necesariamente están afirmando su identidad o tomando una postura política al momento de utilizar estos tratamientos.
Desde mi punto de vista, la idea de que las comadronas y los aj qijab’ afirman una identidad étnica, es muy reciente. Su labor ha estado vigente por siglos en escondidas. Sólo hasta hoy, con el auge del Movimiento Maya y la construcción de una democracia, estos médicos hacen público su trabajo y reafirman su identidad étnica. De la misma forma, muchos sectores de las poblaciones indígenas (específicamente, los pertenecientes al Movimiento Maya) empiezan a asegurar que “creen” en esta medicina tradicional indígena y la tratan de legitimar de varias formas.
Me gustaría concluir diciendo que las poblaciones indígenas siempre han sabido conservar su sabiduría en temas de medicina (es un conocimiento ancestral, que ha experimentado cambios/mejoras a través del tiempo). La diferencia es que ahora, como los movimientos sociales se posicionan políticamente asegurando que “creen” en ellos… el resto de la población se entera que existen.
Según Jair, debe respetarse los saberes tradicionales de los pueblos indígenas en el contexto multicultural que prevalece hoy en día. Hace además una interesante relación entre la "naturaleza" y la salud de estos pueblos, aseverando que están ellos más cerca de ella que los occidentales.
ResponderEliminarEn mi opinión el comentario de Jair es valioso, en tanto critica el modelo de medicina hegemónico e intenta nombrar algunas cualidades de otros sistemas de salud (alternativos subordinados). Sin embargo, me parece que hay algunas reflexiones que vale la pena hacer antes de caer en la romantización de lo indígena y la satanización de lo occidental. Me parece que no se toma, por ejemplo, en cuenta que el mismo concepto de "naturaleza" es una construido dentro de un grupo, quien le asigna sus cualidades como signo. Al hablar de "naturaleza" en nuestro contexto estamos hablando de un significante construido por el "pobre tipo occidental", una construcción semántica que hace referencia a un grupo impreciso de elementos, generalmente en oposición a lo creado por lo humano. Hago esta salvedad, pues me parece que es necesario criticar las bases sobre las cuales se desarrolla la argumentación de Jair, que básicamente son que la sabiduría popular, especialmente indígena, es mejor que el conocimientos científico.
En este punto cabría regresar a la reflexión vista en la última clase, en la cual pensábamos que el sistema de atención en salud en Guatemala es mucho más amplio que las comunidades indígenas. Si bien éstas se ven inmersas en varios procesos, no son ellas en sí un proceso, sino más bien uno de muchos actores. Si bien la antropología médica en Guatemala se ha centrado en sus prácticas, conocimientos y tradiciones, esto no quiere decir sean éstos los únicos temas en que esta disciplina se deba interesar. De hecho, hay procesos mayores, de mayor incidencia que afectan a la totalidad de la población guatemalteca, que bien pueden ser de interés para nosotros como científicos sociales. Mi punto es que no debemos limitarnos a estudiar o ensalzar ciertas cosas porque nuestros antecesores en la disciplina lo han hecho.
Me parece que nuestro papel como académicos contemporáneas debe ser librarnos de esquemas retrógados y escencialistas de concebir y representar la realidad de los otros, y volcarnos al trabajo comprometido y sincero del lado de quienes solicitan nuestra ayuda, y con quienes, idealmente, podamos trabajar en condiciones de igualdad.